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Pasado

septiembre · 2015

Este es un solo de danza de un bailarín que baila y otras veces sólo está presente, acompañado por una pianista, su piano que suena y su piano mudo. Un paisaje blanco para remarcar el color de la vida, y como cada uno puede poner el color que quiera, nosotros pondremos el rojo, el color de la sangre viva.
Se nace para vivir y este hombre y su música hablaran de la vida.

Daniel Abreu.

Si nos paramos a observar a un hombre que se contempla, acabaremos viendo algo de nosotros mismos, quizás por reconocimiento, quizás por rechazo.
Ponemos a este hombre en una isla blanca y esperamos que hable y cuente desde su adentro. Aquí un hombre que empieza a reconocerse en el vacío, que empieza a construir dentro de un marco que le delimita, a veces la vida, a veces la idea de la muerte.
Se mueve entre el baile y el escrutinio de sus ideas más profundas. Amarse a sí mismo y amar a un padre. Respira y se siente vacío de todo, deja de respirar y se siente dueño de la vida y su merecer.
Si traza una línea en el aire podemos ver que ahí hay algo bello. Un paisaje en blanco, montañas de sal, lugar de acogida y recogida.
Se parte de su falta de conciencia, de que forma parte del mundo en el que es y al que pertenece por derecho. La única manera de hacerse uno consciente es la sangre.
Uno es dentro de otros, y dentro de uno hay otros miles que nos dan vida.
La música arropa y subraya cada línea dibujada en el aire. Ese aire esencial para sentir la muerte, para mover el aire.
Un piano, una mujer, una montaña de sal y el hombre.
Si no hubiera piano no habría música si no hubiera mujer no habría hombre, si no hubiera montaña no habría mundo.

Idea y creación: Daniel Abreu
Creación musical: Milena Perisic
Intérpretes: Danza con Roberto Torres, Piano con Milena Perisic.