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Pasado

noviembre · 2015

Después de su regreso de Praga, Mozart se dedica inmediatamente a la Misa de difuntos, y trabaja en ella con extraordinario ahínco y un vivo interés; pero su dolencia se acentúa y le sume en la melancolía. (…) Su tez era pálida, su mirada apagada y triste, aunque su buen humor se manifestaba todavía en alegres bromas. (…)

Trabajaba tanto y tan rápido que parecía querer poner término a las angustias del mundo material refugiándose en las creaciones de su espíritu. Se fatigaba tanto que olvidaba no solamente el mundo que le rodeaba, sino hasta su misma fatiga; de pronto quedaba sin fuerzas y había que lIevarle a la cama.

La Misa de Réquiem en re menor, es una obra de Mozart basada en los textos latinos para el réquiem, es decir, el acto litúrgico católico celebrado tras el fallecimiento de una persona; se trata de la decimonovena y última misa escrita por Mozart. Mozart murió antes de terminarla, en 1791.
Nisse.

En noviembre de 2013 murió mi madre. Desde entonces no ha pasado un solo día sin que la memoria me recrimine la estupidez de mi comportamiento para quien, más allá de lo evidente, me cuidó sin reservas, se entregó a mí a cambio de nada y en cualquier circunstancia, sin un reproche, desde la dulzura de la entrega, muchas veces injustificada.

Murió. Y no hubo misa. No fue una decisión meditada: simplemente no la hubo.

Sirva este hecho, casual si se quiere, pero real, para justificar que ahora que la cabeza me tiene ligado a la presencia-ausencia de mi madre, ahora que el corazón me duele de manera sostenida en el tiempo, como el dolor de un enfermo crónico con el que te acostumbras a convivir, pero que de vez en cuando te ulcera la vida, ahora que me siento no sólo capaz, sino en la necesidad de revisar todo lo expuesto, sirva este hecho para justificar, decía, la puesta en marcha de este Réquiem, de esta misa de difuntos, de Mozart, con quien convivo hace dos años, quien vino a distraer el vacío que mi madre dejó en mí, y a quien tengo la osadía de pedirle un favor: una misa de difuntos. Mi ejercicio personal consiste en repensar mi relación con mi madre, y a través de esta reflexión, las relaciones que propone esta sociedad con las personas mayores, con nuestros padres, con nuestras madres. Y sirva para pensar en la idea de la muerte, de la visión oscura de la muerte en occidente, frente a la idea luminosa que Mozart buscaba en las fuentes de Egipto, germen de esa corriente de pensamiento que abrazó en los últimos años de su vida: la francmasonería.

Mozart comenzó la composición esta misa de Requiem a finales de 1791, cuando la salud ya no le acompañaba, pero la muerte se rebeló, tozuda, y no pudo concluir la pieza. Probablemente él lo intuía, y pensó en más de una ocasión que aquella misa era para él. Si pensamos que una misa es, en sentido estricto, una celebración, y lo ligamos al pensamiento musical mozartiano, a su eterna búsqueda de la luz a través de su música, llena de amor, podemos concluir que este Réquiem es el último acto de generosidad y de entrega de un hombre que vivió para regalar belleza y amor. Le tomo la palabra, y la obra, porque a mi madre no le regale una misa en su momento y ya va siendo hora.

En esta propuesta musical, las palabras actúan como la lectura de los evangelios en la liturgia: Mozart es el sacerdote que nos regala su misa en latín; nosotros acudimos a la llamada del sacerdote para leer el evangelio. Y a disfrutar de la música.

Piano: Montse Muñoz
Clarinete: Mar Poveda
Trombón: Mihai Dumitru
Soprano: Itziar Álvarez
Mezzosoprano: Ciara Thornton
Barítono: Alberto Camón
Tenor: Houari Aldana
Ayudante de dirección: Jorge Muñoz
Puesta en escena: Emilio del Valle
Ayudante de dirección musical: Mar Poveda
Entrenamiento vocal: Itziar Álvarez
Dirección musical: Montse Muñoz
Dirección de arte: Ana Rodrigo
Espacio: Emilio del Valle Teatro
Iluminación: José Manuel Guerra
Espacio audiovisual: Jorge Muñoz
Dirección técnica: Francisco Ramírez
Producción: Inconstantes