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Pasado

mayo · 2013

Con la violencia de esas nubes que entran por la ría en invierno, con su imprudencia, con la contundencia del que no tiene nada que perder. Así te colocas frente a ti mismo, sabes que tal vez todo se diluya, que esa tormenta que aprietas en los puños quizá no sea suficiente, pero no te importa. Ahora, convertido en ceniza, no tienes ya nada que temer del fuego. Cargado de palabras y de silencios y de fotos viejas que duelen, te alejas para volver cada día en forma de tormenta.

Hubo que sustituir cada gramo de necesidad por un poco de deseo, así, imprudentemente. ¿Te acuerdas del viaje? El olor de la pintura fresca, limpiar los viejos objetos y colocarlos cerca de las paredes recién pintadas. Rescatar tan sólo unos pocos objetos del pasado y prepararnos para hacer de este presente un pasado algo más digno, así, imprudentemente, sin pensar demasiado. Todo lo demás por la ventana.

Preparamos la casa por aprender y desde allí, desde lejos, realizamos pequeñas incursiones en los días de niebla espesa, al resguardo de las palabras como piedras. Sabes que eres uno más de los paseantes innecesarios.

Pedir serenidad es colaborar con los asesinos, te dije, nada de serenidad, nada de paz, no es el momento de laserena contemplación. Pedir serenidad es como presenciar comiendo palomitas una pelea de perros salvajes, me dijiste, eso no puedo hacerlo, me dijiste. Que nadie nos pida serenidad, dijimos, que nadie se atreva a pedirnos paciencia, que ni Dios nos pida tiempo, que nadie le pida a nadie calma.

Interpretación: Artús Rei, Raquel Hernández y Jorge Rúa
Dirección, dramaturgia e iluminación: Pedro Fresneda
Apoyo musical y fotografía: Jose Collazo
Espacio escénico: Teatro Ensalle